‘Salí del armario porque mi alumnado LGBTI me necesitaba’

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En el mes de la visibilidad lésbica, la revista MíraLes “rinde tributo a todas las mujeres lesbianas valientes que con su visibilidad cambian el mundo”. Hoy publican mi historia como profesora de instituto visible, en la que relato mi salida del armario. Y contaba yo así…

“¿Nacemos lesbianas o nos hacemos? No lo sé, pero les aseguro que, por más que busco en el baúl de mi memoria, no consigo recordar cuándo comenzaron a gustarme las mujeres.

Cuando tenía apenas seis años, me apuntaron en clases de mimo. Recuerdo que había una chica algo mayor que yo por la que suspiraba cada día de clase ante la emoción de verla. No entendía qué era, pero ya entonces era consciente de que algo raro había en todas aquellas sensaciones que me brotaban cada vez que la veía. Algo dentro de mí me alertaba que mejor era no decírselo a nadie.

A los 11 años me enamoré por primera vez de mi entrenadora de baloncesto. Entre besos y arrumacos, ambas vivíamos convencidas de que éramos las únicas integrantes del sexo femenino a las que les pasaba aquello. Nunca escuché hablar de lesbianismo a esa edad. A los 15, volví a enamorarme locamente de una compañera de instituto, con quien viví una relación de casi siete años. Ahí descubrí ya por fin el lenguaje del amor entre mujeres, y viví en mi propia piel su verdadero significado.

Aprendí entonces, durante aquellos maravillosos años, que había más mujeres que se amaban, que mi entrenadora y yo no éramos las únicas. Conocí pronto la palabra “homosexual”. A los 16 años, mi padre me llamó un día a capítulo y me explicó que yo era lesbiana (palabra nueva que incorporé inmediatamente a mi vocabulario) y que no me preocupase, que todo estaba bien. Me dijo que lo único que tenía que hacer era estudiar, ser buena persona y conseguir mi independencia económica, que solo así me respetarían como lesbiana. Aquello se me grabó a fuego y me aferré a su consejo como trampolín para mi felicidad. Hoy en día hemos hablado de aquel momento y le he explicado que su consejo era fruto de una homofobia interiorizada, ya que las lesbianas tenemos igual derecho a ser malas personas independientemente de nuestra orientación. Él me dice que no recuerda haberme dicho aquello, pero que seguramente su reacción fue producto del miedo a que fuera juzgada y me hicieran daño. En definitiva, fue su manera de protegerme. Y se lo agradezco infinitamente.

Mi madre no lo aceptó tan rápido, y lo cierto es que al principio lo pasé mal. Yo no entendía que hubiera algún problema en que yo amara (¡a quien fuera!), me producía mucha frustración. De todas formas, entre mi rebeldía y su deseo de que yo fuera feliz, lo fue asumiendo poco a poco.

Con mi familia hice un pacto: tanto mi padre como mi madre saldrían ellxs mismxs del armario con respecto a mí ante sus amistades y familiares. Yo les respetaría sus tiempos. El único requisito que puse fue que yo no me iba a esconder: si me preguntaban, contestaba; y siempre cabía la posibilidad de que me vieran por la calle. He de confesar que, aunque mi núcleo familiar (padre y madre) me aceptaba, era muy duro sentir cómo me ocultaba delante del resto de la familia. Sentía que se avergonzaban de mí y dolía. Hoy soy consciente de que no nos enseñan y de que ellxs lo hicieron lo mejor que supieron, ya que tuvieron que hacer frente también a sus propios miedos personales.

Yo, por mi parte, también tuve mis tiempos. Lo que más me costó en un principio fue decírselo a esas amistades de toda la vida, pues sentía que les había fallado, y me consumía la mentira. Me daba muchísima más vergüenza reconocer que les había engañado a reconocerles mi orientación sexual. Ser lesbiana pasaba a ser anecdótico. De hecho, fue lo que me recriminaron: ¡por qué les había mentido!

Donde mayor dificultad tuve – y fue el último sector del que salí del armario- fue en el ámbito laboral, y eso que soy funcionaria y que mi situación es privilegiada (básicamente porque no tengo la presión de que me echen por lesbiana). Sin embargo, la adolescencia me imponía y las compañeras y compañeros, también. La gente desconocida de un lugar al que yo estaba atada (el instituto) despertaba en mí el miedo a ser rechazada diariamente y a no tener escapatoria. El fantasma de la vejación (insultos, actitudes déspotas…el desprecio cotidiano, al fin y al cabo) me paralizaba. Sin embargo, poco a poco me fui empoderando y vi la otra cara de la moneda: mi alumnado lgbti me necesitaba. Quería ser esa profesora que nunca tuve y me propuse ir a por esa meta de la mejor manera que supe. Nadie te enseña, pero tu instinto es más fuerte. La experiencia vivida cuando era adolescente en el instituto, en la calle, en la familia…se convierte en un aprendizaje y te guía.

Hoy por hoy no conozco armario personal alguno y puedo luchar abiertamente por los derechos de las lesbianas como yo sin pelos en la lengua. Sin embargo, ¿una vez salimos del armario, nos libramos para siempre de él? Evidentemente no. La heterosexualidad se sigue presuponiendo en todas partes y cada vez que entras en contacto con gente nueva, con círculos nuevos, te ponen en la tesitura de tener que salir de un nuevo armario. Cada vez que cambio de instituto en mi trabajo, tengo que salir del armario. Cada año, con el alumnado que entra nuevo, he de salir del armario. Y no porque yo esté dentro, sino porque se empeñan en meterte, en aprisionarte en un corsé heterosexual, y te ves obligada a salir continuamente. Otra de las sensaciones con que te acostumbras a convivir es el miedo. Siempre (tarde o temprano) se nos presenta una situación indeseada en la que sientes en peligro tu integridad. Y en esos casos tienes dos opciones: poner en peligro tu vida o recurrir al armario de emergencia. En nuestra manos está la elección, claro está.

Así que relatar mi salida del armario como un hecho concreto y sincrónico no tiene sentido; la salida del armario es un continuo por ahora: el ‘bollo’ de cada día”.

Fuente: Artículo original en Revista MíraLes

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